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El coleccionista de estrellas

viernes, 5 de septiembre de 2014

En lo alto de la montaña, en una bonita casa vivía un joven inventor muy inteligente y muy observador. Durante el día ideaba curiosos inventos que facilitaban su vida y la de los que le rodeaban. De este modo inventó entre otras cosas un recipiente que nunca derramaba el agua, unas botas que nunca se mojaban, y una silla inteligente que programaba la temperatura y te despertaba de la siesta con una dulce melodía.
Todas las noches observaba las estrellas, quedaba fascinado con su brillo y con su magia. Cuando se iba a dormir, abrumado por la luz que desprendían las estrellas, se tumbaba en la cama, aun pudiendo ver su brillo a través de la ventana. Y dormía pensando en las estrellas, ¡ojala pudiera tener su brillo siempre!, pensaba el joven, ¿qué podría hacer para que me acompañaran en el interior de mi casa, las noches oscuras en las que las nubes ocultan su brillo?
Fue así como una noche mientras dormía tuvo una gran idea. Al despertar rápidamente se puso manos a la obra para elaborar su nuevo invento. Creo una red que subía hasta el cielo gracias a muchos globos de helio que había atado y que enganchaba las estrellas al igual que las redes de pescar atrapan a los peces. Así al llegar la noche, soltó la red en el cielo, y la dejo allí durante la noche. Al despertar la mañana siguiente, recogió los hilos que sujetaban la red y bajo al suelo la red con gran alegría al comprobar que estaba cargada de estrellas.
Con mucho cuidado para no romperlas, recogió las estrellas y después de mucho pensar, las deposito en un gran bote de cristal. El bote desprendía un brillo cegador y lo coloco en una estantería, así cada noche podía observarlo. Repitió la operación todas las noches y lleno varios botes de cristal que coloco en la estantería. Al cabo de varios meses, tenía muchas estrellas y estaba muy contento. Tantas tenía que las coloco en categorías, y cada mañana las contaba con mucho cuidado.
Una mañana al recoger su red, descubrió atónito que apenas tenía estrellas, solo un par de ellas. “Qué raro” pensó el joven inventor. Y al llegar la siguiente noche, observo sorprendido, que el cielo apenas tenía estrellas. Ya no era tan bonito como antes, nada brillaba en lo alto, solo la oscuridad y la luna a lo lejos, que parecía entristecida sin la compañía de las estrellas.
Su vecina, una linda niña de grandes ojos, se acercó a él y le dijo:
-          Tú también te has dado cuenta, cada noche hay menos estrellas, el cielo de la noche ya no es bonito, ahora no tiene brillo.
Entonces el joven inventor le dijo a la niña:
-          No estés triste pequeña, yo tengo muchas estrellas en mi casa, te las enseñare.
Llevó a la pequeña a su casa y le enseño su colección de estrellas. La niña abrió mucho la boca muy sorprendida.
-          ¿Y para que quieres tantas estrellas?-le dijo. Si las tienes metidas en botes y no pueden brillar como antes. Antes tenías un cielo lleno de estrellas y disfrutabas de él y del brillo de las estrellas y ahora tienes muchas estrellas en tu casa, pero no disfrutas de su brillo, solo te preocupas de cuantas tienes y de tenerlas guardadas. No lo entiendo.
Entonces el joven inventor, comprendió que ya no había estrellas en el cielo porque las estaba coleccionando él. “ ¿Cómo no me he dado cuenta antes?” pensó. Y es cierto que así no disfrutaba de ellas. Así que el joven inventor y la pequeña de los grandes ojos, salieron de la casa con los botes y con mucha alegría fueron soltando las estrellas y devolviéndolas a su lugar donde todos pudieran disfrutar de su brillo. Solamente aquellas noches en las que alguno de los dos estaba muy triste subían la red y cogían algunas estrellas para contemplarlas de cerca un rato, y después devolverlas a su lugar.

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